Lo que aprendí sentada en las gradas

Hay un sonido que reconocería en cualquier parte del mundo: el eco de una piscina cubierta cuarenta minutos antes de que empiece una competición. Ese murmullo de voces, silbatos de fondo, alguna madre repasando en voz baja la hora de la primera prueba, un padre mirando el móvil para no mirar a su hijo a los ojos. Llevo tantos años metida en ese sonido que ya no sé distinguir si lo escucho con los oídos o si simplemente lo llevo dentro.

Empecé como nadadora. Después, como entrenadora. Y en algún punto del camino, sin darme mucha cuenta, empecé a fijarme en otra cosa que no salía en ninguna tabla de tiempos: las caras de los padres y las madres cuando su hijo o hija salía del agua.

Había de todo. Alegría, sí, muchas veces. Pero también nervios que no sabían dónde poner, ganas enormes de decir lo correcto sin tener ni idea de cuál era lo correcto, y esa sensación tan humana de querer arreglar algo que, en realidad, no estaba roto. Solo estaba doliendo un poco.

 

La pregunta que me perseguía

Durante años vi la misma escena repetirse, temporada tras temporada, piscina tras piscina. Niños y niñas que en los entrenamientos nadaban con soltura, con confianza, casi jugando con el agua. Y esos mismos niños y niñas, minutos antes de una competición, se convertían en otra persona. Se les cerraba el cuerpo. Se les iba la mirada. Competían con miedo.

Y al otro lado, en las gradas, familias que se partirían en dos por ayudar. Que llegaban pronto, que preparaban la bolsa, que aplaudían más fuerte que nadie. Pero que, en el momento exacto en que su hijo o hija salía del agua, no sabían muy bien qué decir. Y decían lo que se les ocurría en caliente, sin mala intención, sin saber que esas primeras palabras a veces pesan más que todo el entrenamiento de la semana.

No es un problema de amor. Nunca lo fue. Es un problema de herramientas. Nadie nos enseña esto. Ni a los padres ni, durante mucho tiempo, a mí misma.

 

Lo que el agua me enseñó del silencio

Recuerdo especialmente a una madre. No voy a dar detalles porque no me corresponde, pero sí puedo contarte lo que sentí viéndola aquella tarde. Su hija había hecho una carrera mala, de esas que duelen más por dentro que por el marcador. Y esa madre, en vez de hablar, se sentó a su lado en silencio. No le preguntó el tiempo. No le dijo que la próxima vez saldría mejor. Solo estuvo ahí.

Yo, desde fuera, entendí algo que tardé años en poner en palabras: a veces acompañar no es decir la frase perfecta. Es no necesitar decir nada, y que el otro lo sepa.

Ese día empecé a pensar en todo lo que había visto en la piscina de otra manera. En cuántas veces el resultado importaba menos que el momento después del resultado. En cuántas familias hubieran dado cualquier cosa por saber cómo estar ahí, de verdad, sin sentir que estaban haciéndolo mal.

 

Por qué nace Más Allá del Cronómetro

No quiero venderte una fórmula mágica, porque no la tengo. Lo que tengo son años de piscina, de vestuarios, de coches de vuelta a casa en silencio o a gritos de alegría, y una certeza que se me ha ido haciendo cada vez más firme: lo que le decimos a un nadador o nadadora antes y después de competir lo cambia todo. No el resultado de esa carrera, sino su relación con el deporte, con el esfuerzo y, muchas veces, consigo mismo.

Más Allá del Cronómetro nace de ahí. De todas esas tardes en las gradas y en el borde de la piscina. De las preguntas que me hacían los padres al terminar los entrenamientos, siempre con la misma cara de no saber si estaban preguntando lo correcto. De mi propia historia como nadadora, que también tuvo sus miedos antes de saltar al agua y sus silencios necesarios después de una mala prueba.

Es un espacio pensado para acompañar a las familias de nadadores y nadadoras de competición a entender lo que su hijo o hija vive de verdad, antes de una prueba y después de ella. Para aprender qué decir, qué callar, y sobre todo, cómo estar presentes sin convertir el amor en presión.

 

Lo que quiero que sepas si estás leyendo esto

Si has llegado hasta aquí, probablemente eres de esas familias que se preocupan de verdad. Que quieren hacerlo bien. Que a veces, después de una competición, se han quedado con la duda de si dijeron lo correcto o metieron la pata sin querer.

Quiero que sepas que no estás sola ni solo en esto. Que se puede aprender a acompañar, igual que se aprende a nadar más rápido o a mejorar una técnica de viraje. Y que el primer paso, muchas veces, es tan sencillo como el que vi hacer a aquella madre en las gradas: dejar de buscar la frase perfecta y simplemente estar ahí.

Esto es solo el principio. En las próximas semanas voy a ir compartiendo aquí lo que he aprendido en todos estos años, historia a historia, para que cada familia encuentre su propia manera de acompañar. Sin recetas universales, porque cada nadador es único, y cada familia también.

Gracias por estar aquí. Y bienvenida, bienvenido, a este camino más allá del cronómetro.

Victoria Tondo

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¿QUIÉN SOY?

Acompañar es entender. Desde siempre he sentido lo que se vive dentro y fuera del agua, llevándome a dedicar mi vida a la natación de competición. En cada sesión, acompaño a familias a comprender a sus hijos e hijas, a soltar la presión del crono y a construir una relación basada en el apoyo real. Con experiencia, cercanía y cariño, acompañamos juntos.

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